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lost poetry club

poetry is the ultimate act of rebellion


  • Desde el primer Adán que vio la noche
    Y el día y la figura de su mano,
    Fabularon los hombres y fijaron
    En piedra o en metal o en pergamino
    Cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño.
    Aqui está su labor: la Biblioteca.
    Dicen que los volúmenes que abarca
    Dejan atrás la cifra de los astros
    O de la arena del desierto. El hombre
    Que quisiera agotarla perdería
    La razón y los ojos temerarios.
    Aquí la gran memoria de los siglos
    Que fueron, las espadas y los héroes,
    Los lacónicos símbolos del álgebra,
    El saber que sondea los planetas
    Que rigen el destino, las virtudes
    De hierbas y marfiles talismánicos,
    El verso en que perdura la caricia,
    La ciencia que descifra el solitario
    Laberinto de Dios, la teología,
    La alquimia que en el barro busca el oro
    Y las figuraciones del idólatra.
    Declaran los infieles que si ardiera,
    Ardería la historia. Se equivocan.
    Las vigilias humanas engendraron
    Los infinitos libros. Si de todos
    No quedara uno solo, volverían
    A engendrar cada hoja y cada línea,
    Cada trabajo y cada amor de Hércules,
    Cada lección de cada manuscrito.
    En el siglo primero de la Hégira,
    Yo, aquel Omar que sojuzgó a los persas
    Y que impone el Islam sobre la tierra,
    Ordeno a mis soldados que destruyan
    Por el fuego la larga Biblioteca,
    Que no perecerá. Loados sean
    Dios que no duerme y Muhammad,
    Su Apóstol.

    —————————————–
    Omar, contra toda verosimilitud, habla de los trabajos de Hércules.
    No sé si cabe recordar que es una proyección del autor. La
    verdadera fecha es 1976, no el primer siglo de la Hégira
  • Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo,
    pesó como la nuestra sobre la tierra,
    tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
    tú que viviste no en el rígido ayer
    sino en el incesante presente,
    en el último punto y ápice vertiginoso del tiempo,
    tú que en tu monasterio fuiste llamado
    por la antigua voz de la épica,
    tú que tejiste las palabras,
    tú que cantaste la victoria de Brunanburh
    y no la atribuiste al Señor
    sino a la espada de tu rey,
    tú que con júbilo feroz cantaste,
    la humillación del viking,
    el festín del cuervo y del águila,
    tú que en la oda militar congregaste
    las rituales metáforas de la estirpe,
    tú que un tiempo sin historia
    viste en el ahora el ayer
    y en el sudor y sangre de Brunanburh
    un cristal de antiguas auroras,
    tú que tanto querías a tu Inglaterra
    y no la nombraste,
    hoy no eres otra cosa que unas palabras
    que los germanistas anotan.
    Hoy no eres otra cosa que mi voz
    cuando revive tus palabras de hierro.

    Pido a mis dioses o a la suma del tiempo
    que mis días merezcan el olvido,
    que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
    pero que algún verso perdure
    en la noche propicia a la memoria
    o en las mañanas de los hombres.

  • Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
    los astros y los hombres vuelves cíclicamente;
    los átomos fatales repetirán la urgente
    Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

    En edades futuras oprimirá el centauro
    con el casco solípedo el pecho del lapita;
    cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
    noche de su palacio fétido el minotauro.

    Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
    La mano que esto escribe renacerá del mismo
    vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
    (David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa.)

    No sé si volveremos en un ciclo segundo
    como vuelven las cifras de una fracción periódica;
    pero sé que una oscura rotación pitagórica
    noche a noche me deja en un lugar del mundo

    que es de los arrabales. Una esquina remota
    que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
    pero que tiene siempre una tapia celeste,
    una higuera sombría y una vereda rota.

    Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
    trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
    esta rosa apagada, esta vana madeja
    de calles que repiten los pretéritos nombres

    de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez…
    Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
    las repúblicas, los caballos y las mañanas,
    las felices victorias, las muertes militares.

    Las plazas agravadas por la noche sin dueño
    son los patios profundos de un árido palacio
    y las calles unánimes que engendran el espacio
    son corredores de vago miedo y de sueño.

    Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
    vuelve a mi carne humana la eternidad constante
    y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
    «Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras…»